Santiago Díaz: No son rebeldes

Santiago Díaz: No son rebeldes

Es comprensible que por lo abominables que fueron los ataques con bombas atómicas a Hiroshima y Nagasaki, se hable relativamente poco del papel que tuvo Japón durante la Segunda Guerra Mundial antes de esos dos condenables eventos que llevaron a su rendición. 

Pero no se puede borrar esa página de los libros ni de la memoria de nadie: el Japón de la Segunda Guerra Mundial fue un imperio con todas las sílabas y letras de la palabra, y ejerció esa condición con un grado de crueldad que hasta ese entonces pocas veces la humanidad había presenciado.

Pioneros en la sevicia, los ejércitos imperiales japoneses crearon a monstruos como Shiro Ishii, uno de los padres de la guerra biológica. Forjó su “prestigio” gracias a grotescos experimentos en la población civil de la provincia China de Manchuria, los cuales, inclusive, se extendieron durante la época cuando la provincia ya estaba controlada por Japón a través del emperador títere Puyi. Su talento para la muerte fue tal, que EEUU le ofreció inmunidad total después de la guerra a cambio de los resultados de sus experimentos y sus posteriores servicios como asesor en esa área de la ciencia militar.

Antes de la invasión por parte de Japón en 1937, China ya vivía una dura guerra civil entre los nacionalistas del entonces gobernante partido Kuomintang, liderados por el general Chiang Kai-shek, y el Partido Comunista de China, entonces ejército insurgente, liderado por Mao Tse Tung. Dicha invasión dio lugar a una tregua y alianza entre ambas fuerzas para combatir al enemigo común que amenazaba con apoderarse de China y buena parte de (o tal vez toda) Asia. La alianza estuvo lejos de ser perfecta. Fuera del territorio ocupado por Japón se dieron algunos conflictos entre ambos ejércitos. Sin embargo, su unidad dentro de esos territorios ocupados fue notable y facilitó avances contra el ejército invasor que fueron de mucho valor estratégico.

Más allá de los errores que tuvo esa alianza, es difícil no hacer la comparación con los ejércitos “rebeldes” de Siria, si es que alguna vez fueron tal. Cada quien puede pensar lo que quiera del gobierno actual de ese país, pero no se entiende que alguien con sangre en las venas pueda ver honor en el accionar de un grupo político o ejército insurgente que alegremente acepte el tutelaje de potencias extranjeras, con sus mercenarios, sus intereses económicos y su desprecio por el pueblo sirio, ese mismo por el cual dicen estar luchando. El rebelde es patriota o no es rebelde. La lucha, con sus errores y tropiezos, es para liberar a tu pueblo o no es lucha.

Y tú, político, militante o simpatizante de la oposición, ¿qué eres? ¿Qué quieres para tu país? ¿Eres rebelde o eres mercenario?

LETRA DIRECTA/ 05/09/13

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